¡Las manos en alto!

Esto es un atraco.

PISTOLABYN

 

Vaya, nos volvemos a encontrar.

Sí, te estoy hablando a ti. No te quedes embobado mirando la pantalla.

No, no quiero dinero. Dame tus llaves.

No, las de tu casa no. Quiero las de tu conciencia.

Bien. Ahora arrodíllate y pon las manos y la cabeza en el suelo.

¡Silencio! Cuando abra esta puerta solo te daré una opción: que te calles, ¿¿¡me has oído??! De lo contrario, dispararé hasta que te desangres y tus leucocitos lleguen a las cloacas de la ciudad.

…Vamos a ver qué encontramos por aquí…

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Me lo imaginaba. Esto lo he visto antes. Lo he visto muchísimas veces.

Te diré una cosa: incluso me compadezco un poco de ti. Vives una mentira. Vives en una puñetera y repugnante distopía.

¡He dicho que te calles!, ¡vuelve a poner la frente contra el suelo! Ni se te ocurra intentar adelantarte a mis palabras. Soy yo la que tiene las llaves. Las llaves y el arma.

¿Por dónde estábamos?

Ah sí. Estaba describiendo lo que veo desde aquí dentro.

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Deja de hiperventilar. Me da igual que esto te incomode. Prepárate, porque voy a desenterrar muñecas del polvo que cubre las ruinas de millones de vidas vagabundas. Voy a dejar que este mismo polvo se adhiera a tus alveolos, con lo que por momentos sentirás una asfixia mortífera. Dejaré que la sangre te suba a la cabeza ahí en el suelo, mientras estás petrificado y tu frente se congela con el mármol de esta moderna y cómoda sala en la que te refugias. Y no te relajes, porque cuando pienses que me he ido volveré para recordarte, no quién eres, sino quién no eres. Porque tú solo no eres nadie.

Vendrán. Hay cámaras de vigilancia, así que vendrán a intentar detenerme. Imágenes, vídeos, documentales, películas, discursos, libros… Vendrán. Vendrán incluso supervivientes. Pero por mucho que me maldigas no me atraparán. Te olvidas de que soy mutable. Siempre todos os olvidáis de este detalle. Puedo disfrazarme de palabras y frases plantilla en cualquier momento. Puedo disfrazar tu distopía en utopía con el material que conservas aquí en tu cabeza. Puedo inyectarte dosis de corticoides para menguar tu irrisorio dolor. Puedo sedarte y, aunque todos los que te rodeen sepan que te tengo preso nadie podrá oírte. Como tantas otras veces.

Sí… siempre he sido yo. Aunque no me (re)conozcas.

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Se pintarán los cadáveres andantes de cian para que los satélites les vuelvan a llamar “cascos azules”. Te emborracharán con falsos pactos internacionales y organizaciones de ayuda humanitaria. Te servirán en vaso de tubo y con cinco hielos el temor al terrorismo. Y así, entre copa y copa, tu vida seguirá.

Pero aquí estoy de nuevo, para refrescarte la memoria y recordarte que en un mundo abstemio yo no estaría en ti y tú tampoco te encontrarías arrodillado, con las manos atadas, el corazón hirviendo y la mente fría. Ahora conmigo solo tienes una opción: callarte.

Firmado,

Impotencia

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La Meridiana.

 

 

 

Historias

 

Hay toda clase de historias[…]. Pero hay historias secretas que permanecen ocultas en las sombras de la memoria.

 

Historias de amor inacabadas,

que los años no consumen,

y en el tiempo quedan atrapadas,

regando árboles por cuya savia fluyen

ecológicas promesas verbalizadas.

 

Historias de amor disconformes

que a escondidas libertad imploraban,

pues adjudicaron calendario a sus fantasías ilimitadas.

Recuerdos repostados en un diccionario privado de palabras 

proyectan instantes en que las horas a los segundos colapsan.

 

Historias de desazón que del olvido huyen

por inalcanzables carreteras inusitadas;

que encuadernan besos y caricias, sonrisas y miradas;

que llevan de portada mariposas disecadas,

mariposas que, antaño, en dos estómagos revoloteaban.

 

Historias de almas jóvenes desenfrenadas,

que libres de prejuicios maquinan clandestinas escapadas;

y si bien de guerras no entienden,

detonan explosivas llamaradas.

 

Historias que no terminan,

por no ser nunca empezadas.

Historias que se recuerdan,

mas nunca serán retomadas.

 

Historias que se tienen (sin tener) y de las que todos hablan (sin hablar).

Historias posibles que fueron imposibilitadas.

Tan oníricas como reales.

Historias desgarbadas.

Historias cobardes.

Historias jorobadas.

Añejas.Arrugadas. Como las yemas de mis dedos cuando en estas letras se bañan.

…Historias.

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Espero que os guste. Es un breve poema que escribí hace dos años inspirada en un fragmento de Cuentos de Eva Luna:

“Hay toda clase de historias. Algunas nacen al ser contadas, su substancia es el lenguaje, y antes de que alguien las ponga en palabras son apenas una emoción, un capricho de la mente, una imagen o una intangible reminiscencia.

Otras vienen completas, como las manzanas, y pueden repetirse hasta el infinito sin riesgo de alterar su sentido. Existen unas tomadas de la realidad y procesadas por la inspiración, mientras otras nacen de un instante de inspiración y se convierten en realidad al ser contadas.

Pero hay historias secretas que permanecen ocultas en las sombras de la memoria.”

La meridiana

“No te detengas”

No tengo por costumbre publicar este tipo de entrada, pero creo que “Do not let” de Walt Whitman es como la savia que corre por mis venas.

Un escrito directo, sencillo y abierto que debería ser el marcapáginas de cualquier creación. Y por aquí asoma.

No dejes que termine el día sin haber crecido un poco,
sin haber sido feliz, sin haber aumentado tus sueños.
No te dejes vencer por el desaliento.
No permitas que nadie te quite el derecho a expresarte,
que es casi un deber.
No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.
No dejes de creer que las palabras y las poesías
sí pueden cambiar el mundo.
Pase lo que pase nuestra esencia está intacta.
Somos seres llenos de pasión.
La vida es desierto y oasis.
Nos derriba, nos lastima, nos enseña,
nos convierte en protagonistas de nuestra propia historia.
Aunque el viento sople en contra,
la poderosa obra continúa:
Tú puedes aportar una estrofa.
No dejes nunca de soñar,
porque en sueños es libre el hombre.
No caigas en el peor de los errores:
el silencio.
La mayoría vive en un silencio espantoso.
No te resignes.
Huye.
“Emito mis alaridos por los techos de este mundo”,
dice el poeta.
Valora la belleza de las cosas simples.
Se puede hacer bella poesía sobre pequeñas cosas,
pero no podemos remar en contra de nosotros mismos.
Eso transforma la vida en un infierno.
Disfruta del pánico que te provoca
tener la vida por delante.
Vívela intensamente,
sin mediocridad.
Piensa que en ti está el futuro
y encara la tarea con orgullo y sin miedo.
Aprende de quienes puedan enseñarte.
Las experiencias de quienes nos precedieron
de nuestros poetas muertos,
te ayudan a caminar por la vida.
La sociedad de hoy somos nosotros: los poetas vivos.
No permitas que la vida te pase a ti sin que la vivas.

Do not let. Until the last moment.

 

La Meridiana.

 

R de Revolución

Advertencia: lectura en voz alta no apta para francófonos.

Revolucionar es uno de esos dramáticos verbos que no se conjugan sin lágrimas entre el lexema y la desinencia.

Es evolucionar con R de arrancar una resistente raíz de la (c-)ruda realidad corroída por la ruindad de lo que nos rodea. Cuando vivimos una revolución el harakiri se vuelve imperativo. Una parte de nosotros siempre muere.

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Mi revolución suena a R de ráfagarugir, romper reglas. Sabe a R de desterrar el hilo fino que amarra los sueños a una rueca envenenada por el eterno letargo. ¡Despierta!

Sinónimo de retiro, es abandonar un lugar por creer en otro mejor, luchar por nuevos valores. Es entender el delirio como arma de proeza y rasgo de grandeza; como un rey sin reina y viceversa en un tablero de reyertas blancas y negras. Es dejar de recomponer un rompecabezas sin fichas ni piezas. Es rozar la locura sin tregua ni defensa; razón cabe mucha, pero es fácil perderla.

Mi revolución desprende agua de rosas, no como símbolo de amor, euforia o rubor, sino de revelación ante los capullos inmaduros de robusta apariencia que procrastinan las ramas y perecen verdes en la maleza. Y se dice que es de jóvenes, pero hay quienes no revolucionan ni a los cuarenta.

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Mi revolución ha estallado, con R de inconformismo que se torna en recompensa. Me rebelo. Me da igual lo que otros piensan. Me reafirmo. Mis párpados ya no pesan. Desnuda ante un espejo, reivindico y manifiesto sin pancartas ni lemas en un tumulto de artificios que exasperan, que solo yo soy la responsable de lo que suceda. No necesito reconocimiento, porque me reconozco.

En la caverna platónica se endereza lo torcido y lo prohibido se condena. El concepto de seguridad y felicidad se distorsiona. Renuncio.

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En esta revolución mía, el universo intangible se desenreda de una maraña de prejuicios y falsas avenencias, rasgando las paredes cual rayo en la tormenta. Se derrumban los pilares que sostienen un pedestal ficticio de inocencia y virginal pureza. Cuando arrojo los recuerdos y ruinas que dejo atrás, en el País de Nunca Jamás, siento vergüenza. Pero eso ahora ya no me desalienta.

Óyeme rugir.

 Voy a un lugar del que no se regresa, inalcanzable para quien ni tiene preguntas ni quiere respuestas.

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Estoy cerca. No sé lo que me espera, pero sí sé que habrá lágrimas entre lexema y desinencia, y una raíz arrancada de un rosal de tela.

Con esta revolución pongo colofón a mi paleolítica corteza, dejo de existir en tu consumada certeza, para elevarme al máximo exponente y perseguir mis propias metas. Hasta la eternidad y la trascendencia. Porque cuando mis dos partes contradictorias se sientan juntas, no hay nada que las detenga.

Nunca antes tan fuerte. Jamás tan completa. 

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Elige tu propia aventura

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Recuerdo cuando escoger un camino u otro era tan fácil como ir a la página 13 o a la 17. Y, personalmente, ni siquiera por aquel entonces era tan sencillo declinar o aceptar la invitación de la señora Thrombey. ¿Encontrarme ante una posible Jane asesina?, ¿un marido paranoico?, ¿ahondar en tales sospechas y quedarme a cenar para averiguar la verdad? Mi vida en estas páginas podía depender de ello.

Pues bien, perdería la cuenta de las veces que, no por falta de decisión, sino más bien por temor a dejar pasar la oportunidad de lanzarme a una odisea más larga o de mayor bucle, y quizá también por la tentación a la que nos expone en ocasiones ese condicional pasado de indicativo, volví a empezar cada una de las historias desde cero para así poder comprobar qué habría ocurrido si hubiese escogido la otra opción. Normalmente lo que nos interesa de la hiperficción explorativa es el desenlace. Lo que con ocho años aprendí de estas historias es que el final no está condicionado por el principio, sino por mis elecciones.

Dos décadas después, inmersa en las primeras páginas de este libro casi recién comenzado, me encuentro timoneando esta hiperrealidad explorativa, donde nada está aún predefinido ni perfilado. Donde el horizonte es igual de incierto y donde las expectativas son más bien altas.

Y qué difícil es dejarse llevar sin poder volver atrás la página, o sin poder vivir tres vidas esta vez.

[Pero divertido también]

Ahora, elige tu propia aventura:

Opción A: Si te interesa la idea de crear una hiperficción constructiva (narrativa escrita por más de un autor), escribe al correo que aparece en la ventana de contacto.

Opción B: Si no te interesa, pero compartes esta idea en defensa de la imaginación infantil, regálale a un niño de menos de 10 años que conozcas uno de estos librojuegos antes de que acabe el mes. Ni te interesa ni te agrada la idea, ve a la opción C.

Opción C: Página 17.

Parálisis del corazón

«El romántico es un insatisfecho, un introvertido que preconiza el sentimiento y condena la razón, y encuentra en el arte, en la estética o en lo bello, una compensación a su frustración. Para él, el arte es un sustituto, un refugio, un consuelo. El arte lo aísla de la realidad del mundo exterior».

              Y es que, a pesar de tener la gran suerte de haber nacido en esta era de la civilización – donde las mujeres nunca han gozado de más derechos, donde la globalización conoce y divisa desde lo alto tantas cabezas jóvenes abiertas y tolerantes respecto a otras culturas, donde individualismo y colectividad adoptan una perfecta simbiosis sueco-mediterránea, donde la barrera de las clases sociales en algunos países parece difuminarse, donde la tecnología nos brinda la libertad necesaria para construir nuestro propio pavimento de opiniones sin el cual seguiríamos manipulados por la opinión de masas (porque, ¿qué es eso de libros? ¡que alguien me refresque la memoria, por favor! Ah, sí, ya… un montoncito de hojas que huelen al baúl del ático de mis abuelos, o quizá a ceniza de incienso de monasterio) y donde la libertad de expresión acelera nuestras palpitaciones (¡qué sería de la comunicación sin los emoticones de los tres monos sabios y sin mi cínica frase diaria de twitter!), – sentir, soñar y llorar se ha convertido en todo un reto.

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Los que aún no se hayan dado cuenta de ello se preguntarán una y otra vez a qué vienen tantos vertederos y desagües emocionales que no hacen sino atascar las cañerías con egocentrismo, frustraciones, miedos e inseguridades. Pero no hay fontaneros que arreglen averías en la vena aorta – como mucho y a corto plazo un par de cintas, digo, tequilas aislantes. Y es que el acto de aislarse, en su otra acepción, también es un desafío. El problema en el siglo XXI no está en no sentir, soñar y llorar. Ni siquiera en aislarse. Está en no saber sentir, soñar y llorar. En no saber por qué nos aislamos. También está en ser juzgado vulnerable (¡humano!) por ello. Porque por muy libres que nos creamos, nos han fabricado para algo que va en contra de nuestra naturaleza: conformismo. Nos conformamos con esa avería cardiovascular, con esas inseguridades, con ese miedo, con ese desconocimiento, con ese “no sé cómo” paralizador.

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Por eso, me reafirmo cuando proclamo humildemente con tinta de calamar gigante de aguas más saladas que el mar Muerto, que los modernos románticos empedernidos no nos conformamos. Por muy ardua y espinosa que sea la ruta de los incomprendidos. La de quienes vemos (y creamos) arte en todas partes, encontrando en él un fiel y perenne refugio. Sí, se paga un alto precio. Pero mayor es el precio que paga quien encerrado en una biblioteca no sabe leer. El de quien, rodeado de amor, no sabe querer.


Entonces ya está.

Se llama parálisis, y dicen que puede llegar a ser mortal.


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Alea jacta est

Vivir es decidir. Porque siempre podemos elegir. Tomar decisiones puede ser tan fácil o difícil como fácil o difícil planteemos que sea nuestra vida.

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Hay quien decide vivir en una burbuja de confort y estabilidad durante años, o incluso décadas.

Hay quien decide vivir de la tentación, vicio y adicción; una especie de “esta es la última vez” sobrevuela nuestra dignidad y como un bumerán, siempre regresa al punto de partida.

Hay quien decide emprender los caminos de zarzas y, como por una fuerza magnética inherente a su naturaleza, se siente atraído hacia el peligro.

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Lo que está claro es que no hay nada como el sabor que se instala en nuestro paladar al pronunciar estas palabras: “la suerte está echada”; “no hay vuelta atrás”; “el punto de no retorno”.
Me atrevería a decir que es cítrico, pues al haber tomado una decisión nuestra cabeza y nuestras piernas pueden dirigirnos convencidos y enérgicos hacia una dirección concreta o liberarnos de una carga, pero, al pronunciarlas, un sabor ácido nos extraerá saliva para defendernos en un posible juicio contra el corazón.

Una flecha recién levantada, un tatuaje recién dibujado en nuestro historial, un limón recién exprimido.

Uh. Next.

Por aquí, por favor.

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Oda en prosa


Irrumpió sin decir nada. Invadió todo lo que había sido mío en los últimos meses. En sus gestos olvidé lo que vine a hacer a este mundo. Estático, congelado, sosegado, empecé a observarla bajo un efecto cuasi-hipnótico, eclipsado. Me aislé para admirarla desde las sombras. Presumida, altiva, es más enérgica e influyente que yo, aunque al principio no pudiera parecer así, ya que yo gano en edad y experiencia. En un primer momento se acercó con gracia y cierta timidez, pero después comenzó a moverse alrededor osada, intrépida, desenvuelta; dueña del cielo y de la tierra, como si yo allí ya no estuviera.

Algunos filósofos como Kant pensaban que el misterio de la belleza es que esta encierra un sentido detrás de esa sensibilidad estética y superficial. Ahora bien, cuando la vi por primera vez un 21 de marzo de hace ya mucho tiempo, supe que ella encarnaba toda esa intacta belleza, y por ende, el sentido de la vida misma.

A la mañana siguiente la observé danzar con las mariposas, jugar con el polen de las margaritas y tocar el piano sólo con las notas más agudas. Y cuando quise aprender a danzar, jugar y tocar me di cuenta de que yo ya no era.
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Desde entonces, cada vez que vuelvo al mismo lugar del planeta, donde una vez al año coincidimos unas milésimas de segundo, inundo mis tierras con lágrimas de pena, pues sé que en todo momento estaremos en lugares distintos. Y son esas milésimas de segundo de cada año, cuando la admiro escondido sin que ella lo sepa, devoto de su pureza, candor e inocencia hasta que la invisibilidad de mí se apodera, las que me colman de paciencia. Y yo, al que todos rehuyen, maldicen y condenan, dejo de existir para que ella pueda.

Hasta el próximo año, dulce Primavera...

Hasta el próximo año, dulce Primavera…

Nómada

Cuando era pequeña me encantaba ir en verano a las dunas de Liencres con mis padres. Solíamos ir de picnic a un frondoso bosque de pinos que hay antes de llegar a la playa. Yo siempre me entretenía horas construyendo casitas con troncos, ramas y piedras. 387815460_fe148f1025_bLo primero que hacía cuando llegaba a casa de mis abuelos era sacar las sábanas del primer cajón del dormitorio y maquinar mi nuevo plan de combate contra el orden impecable que reinaba en aquel salón. Podía construir casas con zapatillas, casas con cojines, casas con rollos de papel higiénico… todo era convertible y moldeable. Todo me podía aportar seguridad. cueva1

Pero entonces solo era un juego, un refugio temporal que tejía mi imaginación. Ahora todo es distinto. Seré experta en no pocas cosas -y he aquí mi momento de gloria: en preparar el desayuno, en cantar (mis amigas se reirán genuinamente, pero es verdad), en aprender idiomas, en sacar fotos con mi Canon “vintage”, en jugar al ajedrez, en dar quebraderos de cabeza o en recordar letras de canciones o pasajes de ensayos filosóficos-; pero hay dos cosas para las que soy tan pésima que, cuando las emprendo, hasta las nubes del cielo invocan al viento para huir a toda velocidad. No. No querrás estar cerca cuando intente abrir botellas de vino o latas sin abrefácil, y aún menos cuando me decida a construir una casa. Y no me refiero a casas de madera en los árboles o a casas de sábanas entre tendales y sofás.

Dos, tres, cuatro… han sido las veces que he edificado casas a base de tablas de madera o ladrillos, aparentemente pesados. Pero ligeros. Tan ligeros que en ocasiones quise empezar a cimentarlos por el tejado. Provista de energía, martillos y vendas, siempre que empiezo a construir una casa lo hago con ilusión; con la misma ilusión que albergaba al empezar un álbum de cromos cuando era pequeña o cuando un día descubrí que yo también podía hacer el pino y me pasé boca abajo más de cuatro horas. Pero, sobre todo, con pasión. La misma con la que nos entregamos en un gancho de tango, corriendo con la pelota hacia una cancha de baloncesto, interpretando un gran papel en un escenario de teatro.

Dos, tres, cuatro… han sido las veces que mis casas se han derrumbado, sin siquiera haber tenido tiempo de amueblarlas, ya sea poco a poco o de un solo golpe. Da igual, el resultado es el mismo: los cristales de las ventanas se rompen, las grietas de las paredes se adueñan del protagonismo de los cuadros, arañas y polillas irrumpen sin llamar, el techo se cae a pedazos y la luz deja paso a la oscuridad. Y en ese preciso instante en que ambos, espectadores de nuestro irrevocable fracaso, observamos el panorama bajo la sombra de un tejado que ya no es, querría preguntarle a mi compañero de vida qué cree él que hemos hecho mal. Pero un intercambio de miradas es suficiente para reparar en que lo mejor es alimentar lo poco que queda de fuego en la chimenea con el pergamino de nuestro plano. Deforestamos nuestra ilusión, energía y pasión. No nos queda más que aceptar la derrota sin reprimendas.

Es entonces cuando, aún impregnados del olor de lo que una vez fue nuestra casa y ahora son ruinas, cada uno seguirá su camino. Y yo, nómada, me dirijo al bosque. Todo árboles, todo madera, todo verde esperanza. Acaricio los troncos, las ramas y las piedras, y me pregunto si alguna vez he llegado a construir algo de verdad, si todo fue real o quizá simplemente un espejismo en un frondoso bosque de pinos, al lado de una playa… No importa cuántas casas más se me derrumben, ni cuántas veces tenga que retomar este nomadismo. Algún día conseguiré ser una buena arquitecta. Completaré con alguien este álbum de cromos, que para mí sigue siendo un misterio, para disfrutar de él como si fuera una niña debajo de sábanas y mantas otra vez. Algún día construiré con alguien un hogar cuyas paredes y ventanas sólidas una sola tormenta no pueda demoler. Algún día me sentiré segura debajo de uno de esos techos.

Algún día… y será para quedarme.