Nómada

Cuando era pequeña me encantaba ir en verano a las dunas de Liencres con mis padres. Solíamos ir de picnic a un frondoso bosque de pinos que hay antes de llegar a la playa. Yo siempre me entretenía horas construyendo casitas con troncos, ramas y piedras. 387815460_fe148f1025_bLo primero que hacía cuando llegaba a casa de mis abuelos era sacar las sábanas del primer cajón del dormitorio y maquinar mi nuevo plan de combate contra el orden impecable que reinaba en aquel salón. Podía construir casas con zapatillas, casas con cojines, casas con rollos de papel higiénico… todo era convertible y moldeable. Todo me podía aportar seguridad. cueva1

Pero entonces solo era un juego, un refugio temporal que tejía mi imaginación. Ahora todo es distinto. Seré experta en no pocas cosas -y he aquí mi momento de gloria: en preparar el desayuno, en cantar (mis amigas se reirán genuinamente, pero es verdad), en aprender idiomas, en sacar fotos con mi Canon “vintage”, en jugar al ajedrez, en dar quebraderos de cabeza o en recordar letras de canciones o pasajes de ensayos filosóficos-; pero hay dos cosas para las que soy tan pésima que, cuando las emprendo, hasta las nubes del cielo invocan al viento para huir a toda velocidad. No. No querrás estar cerca cuando intente abrir botellas de vino o latas sin abrefácil, y aún menos cuando me decida a construir una casa. Y no me refiero a casas de madera en los árboles o a casas de sábanas entre tendales y sofás.

Dos, tres, cuatro… han sido las veces que he edificado casas a base de tablas de madera o ladrillos, aparentemente pesados. Pero ligeros. Tan ligeros que en ocasiones quise empezar a cimentarlos por el tejado. Provista de energía, martillos y vendas, siempre que empiezo a construir una casa lo hago con ilusión; con la misma ilusión que albergaba al empezar un álbum de cromos cuando era pequeña o cuando un día descubrí que yo también podía hacer el pino y me pasé boca abajo más de cuatro horas. Pero, sobre todo, con pasión. La misma con la que nos entregamos en un gancho de tango, corriendo con la pelota hacia una cancha de baloncesto, interpretando un gran papel en un escenario de teatro.

Dos, tres, cuatro… han sido las veces que mis casas se han derrumbado, sin siquiera haber tenido tiempo de amueblarlas, ya sea poco a poco o de un solo golpe. Da igual, el resultado es el mismo: los cristales de las ventanas se rompen, las grietas de las paredes se adueñan del protagonismo de los cuadros, arañas y polillas irrumpen sin llamar, el techo se cae a pedazos y la luz deja paso a la oscuridad. Y en ese preciso instante en que ambos, espectadores de nuestro irrevocable fracaso, observamos el panorama bajo la sombra de un tejado que ya no es, querría preguntarle a mi compañero de vida qué cree él que hemos hecho mal. Pero un intercambio de miradas es suficiente para reparar en que lo mejor es alimentar lo poco que queda de fuego en la chimenea con el pergamino de nuestro plano. Deforestamos nuestra ilusión, energía y pasión. No nos queda más que aceptar la derrota sin reprimendas.

Es entonces cuando, aún impregnados del olor de lo que una vez fue nuestra casa y ahora son ruinas, cada uno seguirá su camino. Y yo, nómada, me dirijo al bosque. Todo árboles, todo madera, todo verde esperanza. Acaricio los troncos, las ramas y las piedras, y me pregunto si alguna vez he llegado a construir algo de verdad, si todo fue real o quizá simplemente un espejismo en un frondoso bosque de pinos, al lado de una playa… No importa cuántas casas más se me derrumben, ni cuántas veces tenga que retomar este nomadismo. Algún día conseguiré ser una buena arquitecta. Completaré con alguien este álbum de cromos, que para mí sigue siendo un misterio, para disfrutar de él como si fuera una niña debajo de sábanas y mantas otra vez. Algún día construiré con alguien un hogar cuyas paredes y ventanas sólidas una sola tormenta no pueda demoler. Algún día me sentiré segura debajo de uno de esos techos.

Algún día… y será para quedarme.

Anuncios

One comment

  1. Seguro que lo logras, aunque construir una casa así debe costar mucho. Ánimo en cualquier caso. En el fondo todos somos nómadas y las casas donde vivimos nunca son eternas. Debemos disfrutarlas mientras estén en pie. Un saludo!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s