Alea jacta est

Vivir es decidir. Porque siempre podemos elegir. Tomar decisiones puede ser tan fácil o difícil como fácil o difícil planteemos que sea nuestra vida.

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Hay quien decide vivir en una burbuja de confort y estabilidad durante años, o incluso décadas.

Hay quien decide vivir de la tentación, vicio y adicción; una especie de “esta es la última vez” sobrevuela nuestra dignidad y como un bumerán, siempre regresa al punto de partida.

Hay quien decide emprender los caminos de zarzas y, como por una fuerza magnética inherente a su naturaleza, se siente atraído hacia el peligro.

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Lo que está claro es que no hay nada como el sabor que se instala en nuestro paladar al pronunciar estas palabras: “la suerte está echada”; “no hay vuelta atrás”; “el punto de no retorno”.
Me atrevería a decir que es cítrico, pues al haber tomado una decisión nuestra cabeza y nuestras piernas pueden dirigirnos convencidos y enérgicos hacia una dirección concreta o liberarnos de una carga, pero, al pronunciarlas, un sabor ácido nos extraerá saliva para defendernos en un posible juicio contra el corazón.

Una flecha recién levantada, un tatuaje recién dibujado en nuestro historial, un limón recién exprimido.

Uh. Next.

Por aquí, por favor.

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