Parálisis del corazón

«El romántico es un insatisfecho, un introvertido que preconiza el sentimiento y condena la razón, y encuentra en el arte, en la estética o en lo bello, una compensación a su frustración. Para él, el arte es un sustituto, un refugio, un consuelo. El arte lo aísla de la realidad del mundo exterior».

              Y es que, a pesar de tener la gran suerte de haber nacido en esta era de la civilización – donde las mujeres nunca han gozado de más derechos, donde la globalización conoce y divisa desde lo alto tantas cabezas jóvenes abiertas y tolerantes respecto a otras culturas, donde individualismo y colectividad adoptan una perfecta simbiosis sueco-mediterránea, donde la barrera de las clases sociales en algunos países parece difuminarse, donde la tecnología nos brinda la libertad necesaria para construir nuestro propio pavimento de opiniones sin el cual seguiríamos manipulados por la opinión de masas (porque, ¿qué es eso de libros? ¡que alguien me refresque la memoria, por favor! Ah, sí, ya… un montoncito de hojas que huelen al baúl del ático de mis abuelos, o quizá a ceniza de incienso de monasterio) y donde la libertad de expresión acelera nuestras palpitaciones (¡qué sería de la comunicación sin los emoticones de los tres monos sabios y sin mi cínica frase diaria de twitter!), – sentir, soñar y llorar se ha convertido en todo un reto.

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Los que aún no se hayan dado cuenta de ello se preguntarán una y otra vez a qué vienen tantos vertederos y desagües emocionales que no hacen sino atascar las cañerías con egocentrismo, frustraciones, miedos e inseguridades. Pero no hay fontaneros que arreglen averías en la vena aorta – como mucho y a corto plazo un par de cintas, digo, tequilas aislantes. Y es que el acto de aislarse, en su otra acepción, también es un desafío. El problema en el siglo XXI no está en no sentir, soñar y llorar. Ni siquiera en aislarse. Está en no saber sentir, soñar y llorar. En no saber por qué nos aislamos. También está en ser juzgado vulnerable (¡humano!) por ello. Porque por muy libres que nos creamos, nos han fabricado para algo que va en contra de nuestra naturaleza: conformismo. Nos conformamos con esa avería cardiovascular, con esas inseguridades, con ese miedo, con ese desconocimiento, con ese “no sé cómo” paralizador.

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Por eso, me reafirmo cuando proclamo humildemente con tinta de calamar gigante de aguas más saladas que el mar Muerto, que los modernos románticos empedernidos no nos conformamos. Por muy ardua y espinosa que sea la ruta de los incomprendidos. La de quienes vemos (y creamos) arte en todas partes, encontrando en él un fiel y perenne refugio. Sí, se paga un alto precio. Pero mayor es el precio que paga quien encerrado en una biblioteca no sabe leer. El de quien, rodeado de amor, no sabe querer.


Entonces ya está.

Se llama parálisis, y dicen que puede llegar a ser mortal.


Sensual2

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